• Saturday , 21 October 2017

Mi país, mi corazón y mi prima Carolina

Caracas

Caracas, ciudad de contrastes, de amores y desamores. (Foto Cortesía)

Al morderlo sentí que la gloria literalmente estaba presa entre mis dientes. Lo saboreaba y la culpa me soplaba el cuello pensando en tanta gente a quien le cuesta tanto hacerlo, pero el placer era mayor y, trozo a trozo me fui devorando todo el queso blanco que mi hermano tenía guardado en su casi vacía nevera.
Ese sabor y esa textura nada más se consiguen en una de esas maravillas que produce la agropuecuaria venezolana. Y es que un viaje relámpago me llevó a mi casa materna, a mi tierra. Una urgencia creada por algún funcionario que no sabe mucho de derecho o a quien poco le importa el esfuerzo material y personal que puede significar “estar presente para la firma” me dio la excusa para regresar a mi patria tras casi siete años de ausencia.
Estuve un poco más de setenta y dos horas, tiempo insuficiente para palpar el país. Aunque los contrastes te guiñan el ojo apenas escuchas que eres bienvenido al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, donde te aceptan las tarjetas internacionales y te cobran el dólar, como quien te cambia lingotes de oro por espejitos.
Deshice el camino que alguna vez me convirtió en inmigrante, esos mosaicos de Cruz Diez que a diario miles caminan apuraditos tratando de adelantar el futuro que pretenden construirse afuera, como mis sobrinos que han hecho de Chile el llegadero de sus sueños.
Lo primero que vi afuera fue una camioneta BMW desentonando con el chevetico, que tanta guerra debe haber sobrevivido. Me detuve a ver el cielo guaireño, azul celeste, digno de cualquier pintor. Un país con un cielo tan radiante tiene que ser campo fértil de cosas buenas.
En el camino hacia mi casa iba buscando los retazos que quedan del pueblo donde crecí. Ese cuyo pasado quedó sepultado en lodo y muerte y que se ha negado a morir. Recordaba cuando La Guaira era para mí un continente, con su olor a mar.
Por un momento me sentí de cinco años, de diez. Quise acompañar a mi mamá al consultorio, quise caminar por las calles de Los Corales y pedirle 10 bolívares a mi madre para tomarme una chicha. Sentí la bullaranga de las verbenas decembrinas y la aventura adolescente que era regresar sola a casa desde el colegio. Volví a mis olores, a los colores que alguna vez se desdibujaron con los arañazos del río. Pensé que mi país no era el mismo, que estaba herido. Pero para mi sorpresa, la misma algarabía de antaño me fue acompañando desde el aeropuerto hasta la casa donde crecí.
No hice colas, las vi. No me faltó comida, me sobró –porque mi familia se encargó de alimentarme-.
Tres días y medio, me dejaron el corazón repleto de afecto. Reafirmaron la madera de la cual estoy hecha.
Las conversaciones con mi hermano Omar nos robaron horas de sueño. Sigue teniendo esas manotas, con las que me daba seguridad cuando me empujaba hacia las olas mientras me enseñaba a nadar en las playas de Macuto. Las lágrimas de mi tía Zaida al verme, me dieron un baño de aliento. El que mi tía Yolanda y mi primo Raúl agarraran a toda prisa un autobús de Barquisimeto al enterarse de que estaba en Caracas, me conmovió. Viví verdaderos actos de amor, como ver a mi tía Aída, arriesgándose en una solitaria caminata por los pasillos de Parque Central con tal de abrazrme.
Ver a Ignacio, mi hermano mayor, que se le escapó a la pelona, robusto y buenmozo, haciendo de esa silla de ruedas un trono desde el que reina en ese imperio que ha construido con amor junto a su “gocha de oro”. Tuve que parpadear para entender que esas profesionales jóvenes y bellas que hablan con seguridad son las mismas niñas cachetonas en cuyos cabellos se enredaban los dedos inexpertos de la tía que nunca había lidiado con sus sobrinas Yennifer y Georlic. La foto que tengo de Melissa y que sigo usando de marcalibros, exhibe a una bebita con babero y cintillo de croché, que no se parece a una señorita risueña que bien podría ser reina de belleza y que cacarea que también quiere ser periodista. Reírme como hace años junto a mi hermano Esteban que no envejece y cuyas salidas rápidas e inteligentes retan a su imagen de señor recatado.
Probar el pasticho de mi suegra que supo a gloria y la amena compañía de mis cuñadas. Disfrutar el amor incondicional de mi hermana Cathy, de su papá –casi el mío hoy en día-, de su familia. Pero sobre todo, la mirada inocente y juguetona de Carlitos, mi sobrino, quien me llevó al cielo al descubrir que yo era su tía “Negra”, la misma que vivía por teléfono. Escuchar su narración emocionada del planeta de muñequitos que le hizo el abuelo Carlos, el mismo que en la Nochebuena hay que ponerle al Niño Jesús para que pueda traer los regalos y que los adultos tan torpemente llamamos Nacimiento. Quedar prendada de su carita y de los cuentos que me leyó. Cerrar los ojos y agradecerle en silencio el milagro a la divinidad de que él esté entre nosotros, que lo deseamos tanto, que lo esperamos tanto y que ahora estamos aquí para cuidarlo.
Un desayuno con Osvaldo, mi ángel guardián que irónicamente es ateo. Cada encuentro me dejó con ese buen sabor de boca de que los afectos son eternos, no necesitan cotidianidad, sino constancia que los cultive.
Que la familia está hecha de roble y que los amigos también son de madera fina, como diría la Negra Trina Medina, a quien me hubiera gustado ver. Al igual que a mi hermana y comadre Blanca Vera, para que hablarámos hasta que el ombligo se nos volteara.
Me quedé con ganas de abrazar a Crusmila y ver a sus niñas y de salir corriendo para que Nestor, Héctor y Humberto me consintieran como tantas veces lo han hecho. Aún me duele no haberle gritado a Iván Méndez “¡Pepo!” y reírme con sus interminables sarcasmos.
Extrañé el pan de leche condesada de mi amada Petra y los purruños de José Pulido. Me hubiese gustado ver a mi maestra Milagros Socorro y tener una conversación amena con mi amiga Valentina Graziani. Quería ver a mis admiradas Laura Weffer y Luz Mely Reyes, mis cocuyas luminosas y queridas, pero con un día y medio para hacer todo lo que se quería habría que haberle pedido ayuda a Tibisay Lucena a ver si lograba hacer magia con las matemáticas del tiempo.

Puerto Azul, Naiguatá

Puerto Azul, visto desde el aire, localizado en Naiguatá, cerca de Los Corales, donde crecí. (Foto Pinterest)

Sin embargo, vastó poner los pies en Venezuela para corrobar lo que sabemos quienes no estamos allí: no importa qué pasaporte tengas, tu patria es esa: la peótica nación del tricolor mancillado, que a pesar de las colas y las carencias está llena de gente se debate entre sus sueños y sus dramas para seguir adelante, que se le mide a las adversidades y que todavía tiene la voluntad de sacarle una sonrisa a la vida.
En la panadería de Los Golfeados, en Macuto, donde le exigí a mi hermano que me comprara un golfeado vi a dos padres de familia ofrecerse trompadas por un pan. Se gritaron, se amenazaron, lo más bonito que se dijeron fue guevón. Un coro de indignados tomó partido, por el uno y por el otro, que si te coleaste, que si dejen a ese tipo en paz que los chamitos si estaban haciendo la cola. Y como era de esperarse en ese eterno episodio de Radio Rochela que es Venezuela, apareció un vigilante. “Vamos a calmarnos, señores, vamos a llevar las cosas con calma”, decía seria y serenamente con el aplomo que su 45 kilos y su metro y medio le permitían, hasta que de la cola le gritaron: “Tatú, ¿y tú vas a pararlos si hay coñaza?”.
Y la carcajada colectiva bajó los ánimos. En el CCCT vi un ejército de envases plásticos adueñarse de las mesas en la feria a la hora en que la mayoría de los empleados almorzaban. Entendí clarito que si no se llevan la comida de su casa probablemente regresaran con las tripas crujiéndoles porque comer en la calle diariamente es un lujo para muchos.
Pero en el mismo CCCT vi artesanías hermosas que engolosinan los ojos y avivan el orgullo de saber que ante la crisis una muchedumbre ha respondido con creatividad.
En una de las diligencias que me tocaba hacer me recibió la funcionaria más amable y diligente del mundo, a quien terminé dándole consejos para el dolor de muelas. En una notaría que era parada obligada no se pudo hacer nada porque no había “punto” y es que el sistema estaba caído en el país, así que todas las Vicglamar que atravesaron miles de kilómetros y tuvieron que agarrar más de dos aviones para llegar a la “firma” tuvieron que consolarse pensando en que el destino es tramposo y juguetón.
A diferencia de lo que me había imaginado no vi tan grave la osteoporósis urbana que me había descrito mi querido Carlos Jones. Claro sí me sentí abrumada con el “chat” de seguridad que tienen los vecinos del edificio de mi tía o con el hecho de que mi hermana Blanca me dijera que a las seis y media de la tarde era más que media noche para salir en el campo minado que es Caracas.
A Cathy me le escapé para hacer una visita y la sentí abrumada suplicándonos a mi hermano y a mí que saliéramos de ahí “que no era nuestra zona”. ¿Cuál zona? Si para mí antes de venirme toda casi toda Caracas era mi zona.
Yo tengo el infortunio de haber sido víctima del hampa varias veces –y hablo de los noventa-. Me robaron en Montalbán, en Colinas de Bello Monte, en Prados del Este y en Bellas Artes.
Me estafó un empleado del Conac, mismo lugar donde conocí a la gente más humilde y más leal del mundo.
Venezuela al igual que todo los confines de la tierra siempre ha estado llena de gente buena que hace cosas malas y de gente mala que en algún momento tiene un acto de bondad. De gente que hipoteca su alma y de gente de una sola pieza.
Puede decirse que me vine reconciliada, que no encontré la Caraquistán que estaba esperando, que algunas carencias exacerbadas son notorias, eso sí. Hasta que en el aeropuerto me detuvo un muchacho, jovencito, envalentonado con su uniforme y me dijo: “Señora, señora ¿qué es esto? Esto es mucho, esto no lo puede pasar.”
Eran dos cajas de chocolate Carré, mi favorito, una caja de Susy, una de gayetón y dos de torontos. Lo vi, le clavé la mirada mientras le preguntaba si de verdad me iba a quitar mis chocolates. Fresco y sin pena me dijo que le dejara uno de cada uno. Y con eso salía “caballo blanco”.
Quise ignorar al chamo del chance fácil, del abuso, del regateo, de las ganas de aprovecharse del otro. Quise no ver esa cara de la Venezuela que en vez de sumar, resta con sus acciones.
Ese era el inicio del electro shock que me esperaba al volver a mi casa. A los pocos días de haber llegado mi cuerpo me jugó una mala pasada y me decaí un poco. Las emociones fueron muchas e intensas. Mientras mi neurólogo me mandaba otra ronda de esteroides intravenosos para matizar los dolores, una semana después de llegar de mi país, justo una semana después, mi prima Carolina se convertía en una estadística de la violencia venezolana.
Parece que un secuestro devino en su asesinato. Su camioneta apareció en un extremo de la ciudad y su cuerpo en otro. Para qué rebanarse la cabeza pensando qué pasó, si con eso sus hijos, sus hermanos y sobre todo su madre no van a escucharla reírse nunca más.
Carolina era simplemente un ama de casa, dedicada a sus hijos. Una tipa feliz de verlos crecer, preocupada por estar en forma y con una carcajada a flor de labios.
Casi todas las navidades y los fin de año de mi infancia y de mi adolescencia los pasamos juntas. Nuestra familia era muy unida. La adultez nos llevó por derroteros distintos, Analette, su hermana encontró en las alas de Avensa las suyas propias, las que la llevaron a volar y a pisar destinos inimaginables primero que a las demás; yo estaba dando carreras en las aulas de la UCAB y Carolina decidió ser mamá y esposa, tarea no menos titánica y comprometida.
Carolina era el chofer de quienes la necesitaban, la modelo de los hermosos collares que hace su hermana, la mamá orgullosa de unos chamos bellos, inteligentes y emprendedores criados a punta de esfuerzo y amor.
Carolina era una venezolana más, una mamá como todas que quiere lo mejor para sus hijos y se despierta a las cinco de la mañana para hacer las meriendas y encaminarlos al colegio, que le roba horas al sueño para terminar una tarea y que se vuelve un hincha en las canchas cuando los chamos juegan.
Carolina era una persona decente que no le hacía mal nadie y que le va a hacer falta a todos los que la querían y cuya muerte, por ser un drama cotidiano en nuestra Venezuela sitiada por la violencia no es más que una noticia pequeñita, una reseña que se pierde entre titulares importantes y que por repetida da flojera leerla.
Tengo entendido que sus hijos se van, que dejan atrás la patria donde crecieron y donde despidieron a su madre en un cementerio. Ojalá que esos muchachos algún día puedan ver el rostro amable de un país con el cielo más claro del mundo, de un azul irrepetible, donde un alma buena como la de su madre pudo crecer y darles vida. Que no se queden con la imagen de esta caótica violencia que escupe balas en vez de palabras y que acaricia con muertes.
Que todas las familias de todas las Carolinas que han perdido la vida injusta y abruptamente encuentren sosiego y que sus hijos algún día tengan ganas de volver.
¡Paz para el alma de mi prima y paz para mi amada Venezuela!

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