• Tuesday , 12 December 2017
Zoe Saldaña: una latina orgullosa de sus raíces

Zoe Saldaña: una latina orgullosa de sus raíces

Quizás si su papá no estuviera en ese carro, quizás si ése accidente no hubiese ocurrido, la historia de Zoe Saldaña y sus hermanas sería otra, pero cuando apenas era una niña se asomó al balcón de la orfandad.

“Mi mamá estaba totalmente desconcertada. Un poco perdida. Así que decidió marcharse con sus tres niñas a República Dominicana porque allá estaba su familia y la educación era más barata”, comenta la joven de 27 años, cuyo rostro descuelga casi al descuido de una de las vayas de Times Square.

A los diez años ingresó a la academia ECOS, una prestigiosa escuela de danza que le abrió la gula artística a la niña que se engolosinaría con el baile.

La primera navidad que pasó en Santo Domingo, se celebró como todas: en marzo. Sí, a pesar de que festejaban con el resto de la familia las fiestas decembrinas, ellas celebraban en marzo porque una vez su mamá leyendo la biblia llegó a la conclusión de que Jesús había nacido el tercer mes del año, así que no había nada que pensar. Se hicieron los ajustes en el calendario y ya.

“Tienes que ver nuestras navidades. Ahí se come sushi, arroz con habichuelas, arroz con gandules, nos comemos las doce uvas, las lentejas de la buena suerte. Hacemos de todo”, se ríe, mientras Paolo Di Valdi juguetea con su cabello y ella se pierde en sus memorias. “Niña es que tú eres como un plato thai, que mezclan de todo: lo dulce con lo salado”, replica el estilista haciendo referencia a las raíces diversas de la actriz. “Sí – dice ella- aquí hay de todo”. Y es que en el árbol genealógico de Zoe hay ramas haitianas, dominicanas, judías, árabes y quién sabe si hasta orientales. A pesar de que ella nació en Nueva Jersey y se crió en Queens.

“Siempre he estado orgullosa de ser quien soy: una mujer latina y negra. Cada vez que voy a República Dominicana y los periodistas me repiten la misma pregunta de si soy estadounidense o dominicana y les digo con mucho respeto que nací en Estados Unidos y mis raíces son dominicanas, pero lo más importante es que soy una mujer negra. Ellos contestan espantados ‘no, no digas eso, tú eres trigueñita’ y la verdad es que soy negra, a mucha honra.”

Su mamá siempre se sintió orgullosa de su color de piel. Jamás intentó alisarse el cabello, ni ocultar ni siquiera con maquillaje sus facciones. “Ella siempre quería estar más y más negra. Se ponía coca cola y miel en la piel par ponerse más morenita. Cuando nosotras estábamos chiquitas, mientras a mis primas y a mis amigas les planchaban el cabello, mami nos los tejía y nos los batía con una peineta. Cuando estás en la pubertad, que es una edad tan difícil uno no entiende esas cosas, porque mientras más te parezcas a las niñas de tu edad crees que estás mejor. Mi mamá nos preguntaba por qué queríamos estar uniformadas con todo el mundo.”

El rostro de Zoe se transforma en un rompecabezas, cuyas piezas las une el recuerdo. Se vuelve una niña de cinco años que escucha al fondo una voz que le dice a ella y a sus hermanas: “miren buenas sucias, vayan a cepillarse los dientes. Zoe, vaya, lávese las manos.” De pronto se da cuenta que la fortaleza de las mujeres de su familia se debe a su bisabuela.

“Esa señora no le tenía miedo al trabajo, no le importaba si tenía que vender galletas para mantener a su familia. Por sus hijos, sus nietos y sus bisnietos era capaz de todo. Siempre nos decía: el trabajo no deshonra a nadie. Lo más importante es que uno se ponga la cabeza en la almohada conforme con lo que uno es. Murió el año pasado porque perdió la batalla contra el alzheimer, pero hasta el último momento estuvo trabajando.”

Esa misma fortaleza la tuvo la actriz cuando regresó a Nueva York a los diecisiete años. Trabajó en un Burger King, mientras su mamá limpiaba baños, pero ellas eran totalmente felices porque estaban juntas. “Mi familia es todo para mí, es mi soporte. Desafortunados aquellos que no tienen el apoyo y el amor de su familia. Yo tengo la dicha de tenerlo y lo valoro. Sin mi familia no soy nada.”

Hoy en día su familia es también su equipo de trabajo. Va a producir una película, llamada Lucy, junto a sus hermanas, basada en la novela de la escritora Jamaica Kincaid. La historia de Lucy se parece a la de ella, a la de su familia. Describe la vida de una inmigrante caribeña que quiere llegar a sentarse en un sillón sin sentir que su humanidad sobra, que sabe que no tiene que bajar la mirada ni esconderse mientras los otros pasan.

Y eso es precisamente lo que Zoe quiere para los inmigrantes: respeto, tolerancia y comprensión, pero también quiere que se respete la legislación de este país.

“Amo tanto a América, a mi patria, porque es realmente un país de oportunidades. Nosotros los latinos tenemos una voz muy fuerte y estamos siendo escuchados. Somos cuarenta millones de hispanos, de los cuales el 60% está entre 18 y 25 años; es decir, en edad de votar. Debemos hacerlo y poner nuestra voz donde debemos ponerla. Decirle a nuestros gobernantes qué es lo que necesitamos de ellos. Tenemos muchas cosas qué decir y debemos buscar el mejor vehículo para hacerlo.”

“Este país es sumamente noble con todo el que viene, pero hay que respetarlo. Ningún miembro de mi familia llegó aquí ilegalmente. Desde que llegaron se pusieron a trabajar  y a pagar sus taxes. Cuando mi abuela llegó, respetó la constitución y yo exijo lo mismo. Quiero que la gente respete mi país. Hay personas que lamentablemente por circunstancias han tenido que venir ilegalmente y sin embargo también se le ha dado protección. El problema de la inmigración no puede verse en blanco y negro. Hay muchos matices. Pero creo que todas las instituciones que están trabajando a favor del inmigrante desean proteger sus derechos. Me parece injusto que haya personas que tengan que venir a este país en manos de coyotes.”

-¡No te muevas!- dice Paolo

-¡Cuidado, no me vayas a quemar el cabello!- responde la actriz.

La conversación se pierde en la insistencia del estilista en los colores oscuros para el rubor y las sombras y, la solicitud de ella de que sea algo más natural. Está llegando la hora de comer. Hablan de su tierra, de República Dominicana, de sus pueblos y caseríos, de las playas, de que los muchachos ahora casi no pueden jugar pelota en la calle.

Zoe vuelve a encontrarse consigo misma en el espejo. Sigue hablando de los coyotes, esos traficantes humanos que le producen repulsión. “No hay palabras que describan lo que siento cuando veo a un ser humano abusando a otro simplemente porque lo encuentra en total estado de indefensión y vulnerabilidad. Eso es imperdonable.”

Para ella también es imperdonable la violencia doméstica. “Mi familia y yo vamos a tener una reunión con el presidente de República Dominicana para hablar de esta situación porque los gobiernos siempre tienen dinero para asfaltar carreteras y dotar escuelas y no es que eso no sea importante, pero también es importante educar y concientizar a la gente. En mi país [en este caso se refiera a República Dominicana] mueren anualmente cientos de mujeres a manos de sus parejas. La violencia doméstica no es vista en su verdadera dimensión. De hecho, hay personas que al saber que un hombre golpeó a una mujer se preguntan qué haría ella para que él reaccionara así. Estamos ante un problema cultural grave y arraigado y de alguna manera siento la necesidad de trabajar en esta causa.”

La charla es larga y ella se entrega totalmente a la conversación, sin perder de vista que está siendo entrevistada y que no es una plática de amigos, que cada palabra será publicada. A un costado del salón sigue en proceso la sesión de fotografía.

Entre flashes sigue hablando. Recuerda de nuevo a su abuela, una de las tantas heroínas sin estatua que se alzan en la cotidianidad latinoamericana porque sacó adelante una familia a punta de trabajo, en una tierra que no conocía ni hablaba el idioma. Y rememora su infancia. Aquellos días en los que iba a las bodegas de Jackson Heights, el barrio de Queens donde creció y compraba una libra de arroz y un paquete de habichuelas y le parecía que pesaban un mundo. Vuelve a los días en los que soñaba con que viviría en Forest Hills, zona que encarnaba sus sueños de “una vida mejor” y donde vive hoy en día, obviamente con sus sobrinos y sus hermanas.

Viviendo en Queens, se le abrieron las puertas de Hollywood. Aunque no recuerda su primer día en la industria. Fue descubierta por un agente mientras trabajaba con la agrupación Faces y el New York Youth Theatre. “Estaba estudiando teatro y al año siguiente estaba actuando en Hollywood, fue así de simple.” No pareciera ser tan simple porque con una carrera que apenas empieza ha compartido créditos actorales con Jhonny Deep, Tom Hanks, Bernie Mac, Ashton Kutcher, Kirsten Dunst y Orlando Bloom.

Eso sí, no todo es color de rosa cuando se hace una película. “Para mí lo peor son las escenas nocturnas porque yo soy una persona totalmente diurna. A las ocho de la noche ya estoy durmiendo y siempre he sido así. A veces estás esperando en tu trailer dos o tres horas para que te llamen y uno está allí con el vestuario, el maquillaje y llega a ser desesperante o me ha tocado grabar escenas que teóricamente son en verano, pero en realidad es que las estás grabando en pleno invierno y uno pasa muchas horas sin coat. En esos momentos es cuando yo tengo muchas conversaciones con el Señor.”

De niña tuvo las primeras manifestaciones de su vocación. De alguna manera estaba ligada al arte. No fue para su madre una sorpresa cuando Zoe le dijo que quería ser actriz. “Mi mamá no sabía muy bien de qué se trataba eso, pero a todo el que se encontraba le decía: ‘oye mi hija quiere ser actriz’ y empezó a tocar puertas sin saber muy bien de qué se trataba. Lo único que quería era que yo sintiera su apoyo incondicional y así fue.”

De pronto, en medio de la soledad de su discurso, rompe la tarde hablando de su madre. De todo cuanto le enseñó, lo que le agradece. “Mi mamá me enseñó a tener valor, coraje. A no tenerle miedo a nada y a nadie. Mi mamá nos enseñó a ver más allá de nuestra nariz. A ver el mundo de una forma amplia. Nos enseñó a estar orgullosas de lo que somos.”

Esa solidez familiar le ha permitido sentirse tan profundamente latina como estadounidense, a no detenerse en estereotipos. “Cuando creces en una ciudad como Nueva York, donde tu salón de clases está lleno de chinitos, blanquitos, negritos, latinos y orientales. Lo menos que estás pensando es en tonterías como ¡Ah! Ese hindú que es mi vecino me cae mal… Come on… la diversidad es algo que te acompaña aquí y eso es una bendición. Cuando veo la televisión hispana, a veces me da rabia. Hay programas mexicanos, por citar un ejemplo, donde vez una partida de rubios. Los protagonistas son rubios y ahí todo el mundo es tan rubio que no sabes si grabaron en México o en Alemania. En esos momentos me siento totalmente indignada porque uno se pregunta, bueno y éstos dónde dejaron al indio mexicano. Pero los estereotipos no son solamente algo que exista en nuestros países. Aquí también hay. A veces siento que los “gringos” nos ven a nosotros tal y como si vas de visita a un vecindario y no te bajas del auto. Lo ves todo desde la ventanilla. De esa manera no puedes tener una imagen real de lo que estás viendo. Tienes una idea de lo que ves, pero no es cien por ciento verídica. La mejor manera de no juzgar a los demás, de tener un espíritu libre que acepte a las demás personas y no cerrarse ante alguien porque no es de tu raza, es teniendo una buena educación familiar. Lo que te enseñan en tu casa es lo que tú eres. He visto videos de niños que desfilaban en la Alemania nazi a favor de Hitler ¿tú crees que esos chicos sabían lo que estaban haciendo realmente? Nadie tiene conciencia racial a los ocho años. Todo depende de lo que te enseñen en tu hogar.”

De ése hogar del que se siente tan orgullosa también aprendió a sentir remordimiento si le adjudican el crédito en un trabajo que no realizó, a ser discreta y a no ventilar su vida privada. De hecho no habla de su novio, con el cual lleva ocho años de relación y del que simplemente no habla, punto y aparte.

“A mucha gente le gusta el periodismo farandulero. Reconozco que es un mal necesario, pero a mí no me gusta la mala publicidad. Tengo amigos a los cuales adoro que son capaces de hacer una obra de caridad y no llaman a la prensa, pero si van a aparecer en cueros en una alfombra roja, ellos mismos llaman a los paparazzis para que vengan. Respeto esa posición pero no la comparto, soy una persona más privada. Creo que son muy desafortunados aquellos colegas que creen que porque son personas públicas les pertenecen al público. Con mucho respeto y con mucho amor, le digo a la gente que tengo vida privada. Si estoy almorzando con mis hermanas y alguien viene a importunarme, tengo un derecho natural de protegerme. Pero hasta ahora no he tenido ningún problema. Los fans creen que porque te ven en el cine o en la televisión les perteneces y es deber de uno aclararles que esa es una fantasía. Que tú eres un ser humano más allá de la pantalla.”

Abre los ojos con un gesto de asombro al preguntarle qué haría si se entera que están mercadeando un vídeo porno suyo. “Creo que es muy difícil que algo así ocurra. No estoy en desacuerdo con el desnudo cinematográfico. Creo que un desnudo debe estar muy bien justificado porque de lo contrario crea tanto ruido como si se atraviesa un micrófono en la escena. Pero yo soy muy cuidadosa. No digo que no lo haría, tendría que exigirlo el personaje y la situación. Sin embargo, la pregunta fue qué haría si se cuela un vídeo mío, pues llevo a la corte al responsable y que me den mis chavos.”

Y en medio de una carcajada habla de sus nuevos proyectos que son muchos. “Aunque mi familia sabe como soy yo. Jamás estoy pensando y planificando demasiado el futuro. Vivo hoy. Vivo en el presente. Si mañana mismo quiero irme para París a vender tomates o a trabajar en una cafetería, pues alzo el vuelo, dejo todo y lo hago.”

Se le escapa un suspiro y como si le saliera del alma dice que en la vida no le falta casi nada. Quizás menos años y más experiencia. Mucho por aprender y “alas para volar”. Y a falta de esas alas se dispone a regresar a su casa de Forest Hills en tren. Terminó la sesión de fotografías, de maquillaje, de peinados. Vuelve a ser ella. Sin maquillaje ni trajes de luces. Y así quiere regresar a la ciudad que tanto le gusta, recorrer sus calles con la cara lavada y a pie.

***Esta entrevista fue originalmente publicada en Actual Magazine

Foto:Guillermo Albornoz

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